23 de octubre.
Estamos en Quequén y se acerca una catástrofe: un huracán, un terremoto o un tsunami. Hay que buscar un lugar seguro. A manera de éxodo las clles se encuentran repletas de gente buscando refugio: un sótano, un ático o una casa en un árbol. Es como una procesión. La busqueda de refugio no se da de manera colectiva ni con pánico. Es como si alguien hubiese empezado a contar en las escondidad.
Me encuentro siguiendo a un tipo; algo me dice que sabe adonde ir. Un níño con su padre también participan de esta persecución.
Llegamos a una roca gigante sobre la orilla; intento subirla, me cuesta, pero lo logro.
Llego a la cima de la roca: es una roca rasa, ahora una plataforma lisa con textura de mineral y musgosa. El tipo es el loco del pueblo y yo puse mis ultimas esperanzas en el. Tengo la esperanza que se reputacion nazca de una manera libre de vivir en el mundo y no de un desbalance químico. Y entonces lo entiendo: El tipo es sabio y este lugar es el refungio que los antiguos pobladores de la zona utilizaban al acercarse las catástrofes.
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