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Partido

Partido estudiantes vs gimnasia. El partido es una final y está muy parejo. El referee decide llamar a un tiempo de descanso, porque los jugadores están cansados. Hay una media hora de bonus. Pienso en la justificación de esta acción y cómo repercute en la dinámica del deporte. Pero no le dedico mucho tiempo, la gente se moviliza y mi cuerpo los sigue.
Salimos a descansar. Todos perseguimos el colectivo que lleva a los jugadores de Estudiantes. Va a Telefe y vuelve a la cancha, de paseo nomás. En un momento toma la una calle que no deberia tomar, y los peatones seguimos por otra. Es obvio que era una cuestion de manos vehiculares. Llegamos a un lugar que parece tierra de nadie. Se pone pesado, a lo lejos se ve una trinchera. Decidimos entonces no seguir por allí.
Hay policias que cuidan la zona y tienen chalecos. Estos son caparazones de tortuga que al sacarselos, batirlos y modelalros se convienten en Cindor. Primero con forma de caja, con las aristas bien marcadas y luego se redondean, como si se inflaran. Estas se usan de bombuchas como en el carnaval infantil. Me preocupa tener una en la mano, es suficiente para ser el blanco de alguien. Todos nos tiramos las cindors. Finalmente la pruebo. Qué rica es la cindor.

África mia

Estamos en un pantano a oscuras. No sé si es de noche o simplemente no llega la luz. Estamos en África.

Nadamos en una dirección determinada, y vemos pasar un bondi. Luchi le golpea la ventana, le abren y entra. El bondi arranca. Al principio yo nado a su lado, luego decido subirme también. Golpeo la puerta y me abren. No se sorprenden al vernos, la vida del bondi no se altera por nuestra presencia. Me siento en el piso al lado del conductor y este me empieza a hablar. No entiendo ni una palabra de lo que dice, pero lo escucho.

La gente camina por un puente hacia la oscuridad. Se parece a la entrada por Brasil de la Reserva ecológica en Costanera Sur. Pero desemboca en la isla Martín García, y luego en Zimbabwe.
Me encuentro con una amigo australiano y le digo que tenga cuidado, que una vez que se acaba la luz es zona liberada. Que si quiere lo acompaño. Me pregunto por qué soy garantia de seguridad pero no doy con la respuesta. Camino con él y se que ya estuve aquí antes.

Volver del futuro

Fifi maneja, yo voy en el asiento del acompañante y Carmen atrás. Son 5 años después. Estamos en el futuro. Fifi es la Fifi del futuro; Carmen y yo viajamos en el tiempo. Nos hacemos conscientes del viaje en el tiempo y Fifi nos cuenta cosas que pasaron.

Pasaron 5 años, pero tengo la sensación de que pasaron muchos más. Los códigos culturales implícitos de un contexto me son bastante ajenos, me siento fuera de lugar. Parece que pasó una vida entera.

Hay un bebé a mi lado.  Parece muy pequeño. Juego con él y me doy cuenta que es el hijo de fifi.

-Como se llama? – pregunto justificada por ser la Tango del pasado.

-Mateo- responde Fifi no muy convencida de la justificación de mi ignorancia.

-No, no se llama mateo. Se llama Marcos… Eugenio… Gimeno…Rocio: Ledesma José. – digo finalmente con seguridad. Al decir esto ultimo el niño se rie. -Ledesma José se llama- repito. Me parece tan evidente que el niño eligió su propio nombre a través de esa sonrisa que no planteo la autoridad para hacerlo. Me resulta muy simpático que de nombre tenga un apellido.

El bebé empieza a cantar. Su canto es al principio dudoso, después muy claro y finalmente se decifra: Mambrú se fue a la guerra. Canta con complicidad. Me sorprende mucho pero al parecer a las demás no. Pienso que a esa edad no pueden diferenciar el habla del canto, no pueden controlar la entonación y el ritmo vocal. Mi dios: A esa edad no pueden hablar. Le digo a fifi: “Esto es un niño genio, no tus sobrinos. Los niños recién aprenden a cantar en jardín, y Ledesma cuanto tiene?”

-25 meses- responde con orgullo.  Me irrita que calculen la edad en meses cuando ya pasan del año.

Hago las cuentas. Ya no estoy tan sorprendida.

Me intriga el futuro. Le pregunto qué es de mi vida, qué hice en este tiempo. Me pregunto si existo en este tiempo o si al venir del pasado me hice desaparecer. Pienso en Volver al futuro. Le pregunto si nos seguimos viendo. Carmen dice que para chequear eso podemos llamar a nuestros celulares desde el de fifi. Se arrepiente:  “yo siempre cambio de teléfono y agus no atiende nunca”. El método es obsoleto.

A Fifi la veo muy bien. Tiene a Ledesma, y no es la madre obsesiva que me imagine. El niño esta sentado adelante en el auto sin ningún artefacto adhoc (cosa que hasta a mi me llama la atención). Cuando juego con Ledesma Fifi me dice: no lo levantes a más de esa altura. Al parecer en el futuro el área de seguridad del auto es por debajo de la línea del tablero: mientras este por ahí, no le pasará nada. Se mueve para el fondo y entra a una especie de cueva que se parece al interior de una limosine con mucho confort (todo sucede adentro de un auto) No sé si preguntarle si sigue con Miguel. La veo feliz, entonces evito la pregunta por si acaso.

Sé que tengo que volver al presente-pasado. Volvemos al lugar donde aparecimos, pero ahora estoy yo con Ernesto Olaya. El está deprimido, muy deprimido. Ernesto laburaba en un estudio muy groso, pero cuyo dueño era la sociedad de críticos. Y no podia soportar haber vendido su alma de esta manera.  Se escucha un narrador que dice: “Como cuando llegó a España en el 2001 y todo le salía mal, Ernesto se encontraba solo con sus actas”. En un nivel meta pensamos las analogías de campanella y lo bien que las resolvió. Ernesto estaba viviendo una vida futura consecuencia de una pisada de mariposa, y quería volver.

Volvemos al pasado-presente con Ernesto, aunque el ahora es un extraño. Estamos en un bar en barracas, tan amplio y vacio que se asemeja a una residencia. Hay gente que pasa. Se que algo anda mal. Pregunto el año. 1991. Se equivocaron. Nos mandaron al presente equivocado. Pienso en 12 monos. Pienso en la Jeteé. Pienso que quizás haya intencion en ese error. Pienso en los sucesos de 1991 para ver si hay alguno que quisieran que evitemos. Pienso en la Amia. Pienso si podría ser la heroína de una película de ciencia ficción y solucionar un suceso como ese.

Estoy en Martín Garcia y Patricios. No se que año es ahora. Quiero cruzar hacia la cancha de bochas del parque Lezama pero hay dos pandillas de adolescentes peleando. Se ponen violentos. Camino cerca y unos me siguen y me tiran cosas. Alguien me dice que los ignore y no va a pasar nada. Yo no puedo: encaro. Cagué, les di pie. Estoy en un instante del futuro en una Buenos Aires anárquica. En alguno de mis viajes modifiqué el pasado y esta es la consecuencia. Y esta pelea que estoy causando puede ser mi mariposa. Y esto me da fiaca: ya no quiero jugar mas.

Para volver al papsado tenemos que juntarnos en el lugar donde aparecimos por primera vez. Tenemos que buscar a Babu, nuestro guía en esta travesia. Lo encontramos; estamos cosechando arroz en la india, vestidos de campesinos junto a Petter Selleck.

De Llirafas y jillamas

Estamos caminando por el barrio. Llegamos a la vieja pizzería “Damingo” en Libertad y Libertador donde nos prometen una maravillosa vista de la ciudad. Convencidas, subimos hasta la terraza. Tal maravillosa vista no tiene nada de urbano: el escenario es la puna del NOA.

-¡Qué vista particular de la ciudad!- pienso, -¡jamás hubiese dicho que esto existia! De alguna manera, la cuidad es un piso subterráneo. En la terraza nos encontramos solo nosotras: luchi y yo. Es una especie de manga, con varios “carriles” separados por tranqueras pequeñas. A lo lejos vemos una llama completamente enardecida. Salta para todos lados, mueve el cuello (cuya longitud confirma la posibilidad de un híbrido llama-jirafa). Poco a poco se acerca hacia nosotras, y comenzamos a ponernos nerviosas, ese miedo que se presenta ante un animal de gran tamaño y que uno trata de ocultar, aunque dado que las llamas son animales pacificos y no hay razón para asustarse, solo un pelotudo se asusta.

Entra por los carriles de la manga, y nos tranquilizamos al notar las tranqueras cerradas. Sin embargo, dado el cuello jirafezco, son obsoletas.  Mi mente está en blanco, nunca crei convertirme en el almuerzo de una llirafa  o jillama (nombre a postular en la RAE). Al abrir los ojos Ricardo Darin nos dice: “Estoy impresionado que no se asustaron, yo era la bestia y siempre la gente me tiene miedo. “  Una risa nerviosa, y un pucho. “Mi viejo siempre me dijo que esa era mi habilidad” dice nostálgico Ricardo, mirando como sostengo el cigarrillo en mi boca sin las manos. (el miedo al Ricardo Darin-llama-jirafa desapareció y ya nos tuteamos) “Si los labios estan muy secos el cigarrillo se cae, si están muy húmedos, se moja. No todos pueden hacerlo, es como doblar la lengua, algunos pueden y otros no” agrega con esa sonrisa picarezca.

 “Nadie puede decir que no sos un buen tipo, le caes bien a todos”, pienso. Como si escuchara mis pensamientos agrega con la misma expresión : “Decis eso porque no me tuviste miedo”. Me doy cuenta que lo engañé y me siento mal. “Sí. Tuve miedo, pero me contuve” digo arrepentida, como si hubiese cometido un delito al ocultar mi temor. La llirafa o jillama toma forma nuevamente y comienza a correr (o galopar, ¿Cómo se dira el correr de las llamas-jirafas?).

Damingo, Luchi, la terraza y la ciudad subterránea no existen ni parecen haberlo hecho. Solo estoy yo, a lado de un cactus, viendo a Ricardo desaparecer en el horizonte.

 

Salta 2006