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Pocahontas

         Estoy en el campo de Carmen intentando agarrar un caballo para andar un rato. Miramos desde el alambrado. La forma elegida para agarrar los caballos es enlazándolos; el movimiento se asemeja a la pesca con mosca. Creo haber agarrado uno, pero cuando tiro me doy cuenta que la soga se enganchó al alambrado de enfrente. Sigo intentando. Finalmente logro agarrar la pata de un caballo, pero no logro enlazar otra pata mas y el caballo se dispara. Sufro porque galopar a esas velocidades con un soga es sinónimo de accidente. No quiero que el caballo pise la soga, se caiga y yo tenga la culpa. Me siento potencialmente asesina. No quiero matarle un caballo a Carmen, y menos este pura sangre que debe valer millones de dolares.

            Un tractor aparece cerca del caballo y su velocidad es infinitamente mayor. La soga se engancha al tractor y el caballo sale disparado a su velocidad, que  al parecer es mas rápida de lo que el ojo puede percibir porque se pierde de vista. La soga finalmente se rompe y volvemos a ver al caballo. Esta medio loco e instantaneamente envejece. El pelo se pone blanco, los rasgos se deforman y se desvanece.

         Me siento culpable. La miro a Carmen. Sufre. Siento la injusticia y lo inesperado que resulta un accidente mortal. La falta de prevision. Un veterinario nos explica que ese caballo siempre tuvo problemas hormonales y era evidente que eso le podia pasar. Es por ello que llevaba un brazalete que decia: hormonalmente deficiente. Esta explicación me tranquiliza.

          Pienso en la casualidad, la posible conexion entre los sucesos: la disparada con la soga, y el episodio hormonal. No estoy segura de que sean aislados, pero quiero creerlo. Carmen esta mas tranquila. Miro al caballo de nuevo deseado que no haya sido mortal. Quizá respire.

            Nos acercamos al caballo. De adentro de él sale Sofi vestida de Pocahontas, primero vieja y al caminar hacia nosotros rejuvenenece hasta volverse lo que es hoy. Alguien la asiste, chequea de que este bien, que no haya sufrido heridas.

        Sofi era parte del caballo y el accidente la habia liberado.

        Entonces pienso en lo que queda del caballo, si sigue siendo caballo y si es posible que no este muerto.

Lemas

Estoy en la rural laburando de promotora. Entra una de las que labura en informes del pabellón azul en el rol de Lemas, hablando del sindicato y de los derechos laborales, y que por ley tienen que invitarnos a un festejo que se realiza el miércoles 12. No sé si creerle o no, porque desde que es sindicalista solo se la pasa quejando y no labura más, casa que sabe y por eso la hace. Esta vestida toda de azul, y pienso: que homogénea es, si la derrito va a quedar todo parejo y puedo construir lo que sea.
Afuera hay una ceremonia. Por alguna razón tengo que ir a hacer un trámite en algún lugar detrás de donde sucede la ceremonia. Entonces me voy sin pensarlo. Cuando estoy atravesando la ceremonia no se por donde pasar porque los granaderos a caballo están desfilando. Cuando intento pasar me doy cuenta que los caballos son gigantes y que yo soy del tamaño de sus vasos. Siento que mi vida corre peligro de una manera sutil, siento que me van a pisar. Uno de los granaderos que me está por pisar me ve y al tiempo que intenta evitarme grita: acá hay otra más abajo!. Me trata de evitar pero no puede: me pisa. Me doy cuenta no por el dolor, sino por el sonido de como se rompe el vaso del caballo cual uña rota. Siento una lluvia espesa. De la cabeza para atrás estoy bañada en bosta. No me preocupa ni me hace sentir humillada, solo es un hecho: estuve bajo una lluvia de bosta. La sensación es precisa, como cuando uno pisa una montaña de bosta y el pie se desliza armónicamente entre ella, (Si no fuese por su dimensión escatológica, pisaría la bosta con orgullo, como entretenimiento sensual que es explotar las burbujitas de aire del envoltorio de las cosas frágiles.)
Al darme cuenta que mi uniforme marrón y mi pelo están llenos de bosta decido ir a bañarme. Pienso: “que suerte que soy yo porque entonces puedo bañarme acá en casa” (y lo que digo tiene sentido por alguna razón que me excede).
Aparezco en mi baño e instantáneamente estoy bañada. Entonces sigo mi camino. Estoy caminando por la calle Viamonte y me doy cuenta que me queda un resto de bosta en el pelo, intento deshacerme de él como si fuese un nudo. Vuelvo a ver a los granaderos y a sus caballos gigantes, pero ahora ya no estoy en el medio del campo como antes, sino en la plaza de mayo.

2006