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Niño costurera, Niña cirujano

Le coso una parte a fifi. Quedamos entonces que a las nueve paso por su casa y le coso el brazo.

Mientras camino me doy cuenta de lo osada que estoy siendo. Lo que hasta recién era una habilidad extra como arreglar un enchufe, es ahora una locura peligrosa. Pienso que no estoy realmente capacitada para esto, y que fifi cambió: en vez de recurrir a un cirujano recurre a mi. Pienso que no debería hacerlo. Quiza al principio todo puede estar bien, pero luego se torne bordó y negro y se caiga. Me doy cuenta que el brazo tiene una mano al final, y para que se mantenga funcional habría que conectar nervios y venas. Y yo solo coso piel. Pero quedé con fifi a las 9. Si me hago la buluda y no voy quiza se olvide, y busque una alternativa para unir su brazo.

Quizas pueda hacerlo, tenga suerte y todo funcione bien. Pienso que tengo que por lo menos desinfectarme las manos y la aguja. Pienso la diferencia entre un buen consturero y un buen cirujano. La clave esta en la distancia que separa los puntos, entre ellos y con respecto al corte. Puede ser en cruz, en diagonal, anudados. La aguja circular simplifica las cosas, aunque se usan con una pinza y el trabajo manual resulta muy mediado por las herramientas.

Fiesta exclusiva

Estamos en una fiesta con fifi y Jose. Es una casa gigante y vacia, que se conecta con muchas otras, también gigantes y vacías. Es una fiesta de Miguel. La fiesta se hace en muchos departamentos al mismo tiempo pero no se dice en cuáles. Jose no puede entender.

-¿Y cómo se encuentra la gente?

-No sé –dice fifi-, La gente nunca está en un mismo lugar. Es parte del concepto de la fiesta.

-¿Y para estar solos para qué hacen una fiesta? Es tan top que nadie se encuentra.

Comemos mlinesas; Pifi y jose se pelean por el borde quemado.

El mundo como representación

Estamos en el datsun con Fifi y Luchi. Vamos por una ruta de tierra. Intento frenar y me doy cuenta que los frenos no andan. Ni siquiera el de mano. Revivo la sensación de apretar el freno hasta el fondo logrando poca reacción del auto; revivo el frenar normal costoso del datsun y la situación no me causa pánico. Con bocinazos voy corriendo a la gente, haciendo notar que no puedo frenar.

La lógica de los golpes que se suceden parece de dos dimensiones: no hay impacto, acción/reacción o movimiento que no parezca concebido en un tablero de dibujo. La gravedad, los ruidos y los espacios parecen ad hoc, como justificando y recreando un mundo coherente y reconocible. Definitivamente estoy en una representación.

La solución a la falta de frenos es dar la vuelta en U (me pasé de donde íbamos porque no podía frenar y ahora hay que volver.) El parabrisas se llena de tierra y no veo nada. Luchi se asusta. El auto se frena en el medio de esta ruta de tierra. Recuerdo que por el espejo había visto un auto no muy lejos en nuestro mismo sentido. Sin embargo, pregunto si viene algún auto y si tengo tiempo de hacer maniobras. Me dicen que sí. Confío que el auto haya desaparecido. A oscuras empiezo las maniobras, acelero y me doy cuenta que estoy encallada. Pongo reversa y acelero. Primera y acelero. Reversa y acelero. Primera y acelero.

Sé que salgo triunfante de esta situación y de dos equivalentes en lo que resta del camino a casa porque ya lei este relato. Al darme cuenta que existo como parte de una narración puedo adelantar un par de hojas y situarme al final de la historia. Allí estoy entonces, en el último párrafo.

Volver del futuro

Fifi maneja, yo voy en el asiento del acompañante y Carmen atrás. Son 5 años después. Estamos en el futuro. Fifi es la Fifi del futuro; Carmen y yo viajamos en el tiempo. Nos hacemos conscientes del viaje en el tiempo y Fifi nos cuenta cosas que pasaron.

Pasaron 5 años, pero tengo la sensación de que pasaron muchos más. Los códigos culturales implícitos de un contexto me son bastante ajenos, me siento fuera de lugar. Parece que pasó una vida entera.

Hay un bebé a mi lado.  Parece muy pequeño. Juego con él y me doy cuenta que es el hijo de fifi.

-Como se llama? – pregunto justificada por ser la Tango del pasado.

-Mateo- responde Fifi no muy convencida de la justificación de mi ignorancia.

-No, no se llama mateo. Se llama Marcos… Eugenio… Gimeno…Rocio: Ledesma José. – digo finalmente con seguridad. Al decir esto ultimo el niño se rie. -Ledesma José se llama- repito. Me parece tan evidente que el niño eligió su propio nombre a través de esa sonrisa que no planteo la autoridad para hacerlo. Me resulta muy simpático que de nombre tenga un apellido.

El bebé empieza a cantar. Su canto es al principio dudoso, después muy claro y finalmente se decifra: Mambrú se fue a la guerra. Canta con complicidad. Me sorprende mucho pero al parecer a las demás no. Pienso que a esa edad no pueden diferenciar el habla del canto, no pueden controlar la entonación y el ritmo vocal. Mi dios: A esa edad no pueden hablar. Le digo a fifi: “Esto es un niño genio, no tus sobrinos. Los niños recién aprenden a cantar en jardín, y Ledesma cuanto tiene?”

-25 meses- responde con orgullo.  Me irrita que calculen la edad en meses cuando ya pasan del año.

Hago las cuentas. Ya no estoy tan sorprendida.

Me intriga el futuro. Le pregunto qué es de mi vida, qué hice en este tiempo. Me pregunto si existo en este tiempo o si al venir del pasado me hice desaparecer. Pienso en Volver al futuro. Le pregunto si nos seguimos viendo. Carmen dice que para chequear eso podemos llamar a nuestros celulares desde el de fifi. Se arrepiente:  “yo siempre cambio de teléfono y agus no atiende nunca”. El método es obsoleto.

A Fifi la veo muy bien. Tiene a Ledesma, y no es la madre obsesiva que me imagine. El niño esta sentado adelante en el auto sin ningún artefacto adhoc (cosa que hasta a mi me llama la atención). Cuando juego con Ledesma Fifi me dice: no lo levantes a más de esa altura. Al parecer en el futuro el área de seguridad del auto es por debajo de la línea del tablero: mientras este por ahí, no le pasará nada. Se mueve para el fondo y entra a una especie de cueva que se parece al interior de una limosine con mucho confort (todo sucede adentro de un auto) No sé si preguntarle si sigue con Miguel. La veo feliz, entonces evito la pregunta por si acaso.

Sé que tengo que volver al presente-pasado. Volvemos al lugar donde aparecimos, pero ahora estoy yo con Ernesto Olaya. El está deprimido, muy deprimido. Ernesto laburaba en un estudio muy groso, pero cuyo dueño era la sociedad de críticos. Y no podia soportar haber vendido su alma de esta manera.  Se escucha un narrador que dice: “Como cuando llegó a España en el 2001 y todo le salía mal, Ernesto se encontraba solo con sus actas”. En un nivel meta pensamos las analogías de campanella y lo bien que las resolvió. Ernesto estaba viviendo una vida futura consecuencia de una pisada de mariposa, y quería volver.

Volvemos al pasado-presente con Ernesto, aunque el ahora es un extraño. Estamos en un bar en barracas, tan amplio y vacio que se asemeja a una residencia. Hay gente que pasa. Se que algo anda mal. Pregunto el año. 1991. Se equivocaron. Nos mandaron al presente equivocado. Pienso en 12 monos. Pienso en la Jeteé. Pienso que quizás haya intencion en ese error. Pienso en los sucesos de 1991 para ver si hay alguno que quisieran que evitemos. Pienso en la Amia. Pienso si podría ser la heroína de una película de ciencia ficción y solucionar un suceso como ese.

Estoy en Martín Garcia y Patricios. No se que año es ahora. Quiero cruzar hacia la cancha de bochas del parque Lezama pero hay dos pandillas de adolescentes peleando. Se ponen violentos. Camino cerca y unos me siguen y me tiran cosas. Alguien me dice que los ignore y no va a pasar nada. Yo no puedo: encaro. Cagué, les di pie. Estoy en un instante del futuro en una Buenos Aires anárquica. En alguno de mis viajes modifiqué el pasado y esta es la consecuencia. Y esta pelea que estoy causando puede ser mi mariposa. Y esto me da fiaca: ya no quiero jugar mas.

Para volver al papsado tenemos que juntarnos en el lugar donde aparecimos por primera vez. Tenemos que buscar a Babu, nuestro guía en esta travesia. Lo encontramos; estamos cosechando arroz en la india, vestidos de campesinos junto a Petter Selleck.

La magia del tennis

Estamos en una gran casa. Pero no vivimos juntos. Son unas vacaciones, o un arreglo temporal. No esta en escena la idea de la comunidad que estamos buscando, salvo asumo de manera subconscciente. Estan Fifi y Jose por comer. Veo un inodoro, pero es frágil y tiene un maniquí sentado encima. Esto no me llama la atención, al parecer es parte de lo que concibo como inodoro. El maniquí se empieza a desarmar. Me acerco. Se cae la cabeza, el tronco, las piernas y luego el asiento de porcelana. Empieza a salir agua por todos lados, se empieza a mojar todo aquello que estaba en el piso. Fifi y jose no se calientan en salvar lo que se moja. Cierro la llave de paso, que oh casualidad estaba en el mismo lugar donde antes estaba el inodoro anímico.

Cuando abro los ojos soy Piazzola. Estoy cantando “Por una cabeza”. En el escenario hay muchos bailarines y yo camino por los alrededores cantando. Me doy cuenta que no se la letra completa, entonces en esas partes trato de girar para el lado que la audiencia no me ve.

Estoy de nuevo en la casa con fifi y jose. Ahora se agregan poli y Sofi Reca. Escucho que poli le enseño a Sofi Reca como juntar dos gajos como una pelota de tenis. Pienso que fantástica es la manera que se unen las dos formas en la superficie de una pelota de tenis. Pienso en la magia con la que encastran dando lugar a una superficie tan compleja como las de la esfera. Trato de graficárselo a las chicas con una pelota de tennis que está al lado. Pero ésta es distinta. La dos O ensanchadas no están. En reemplazo hay un chorizo largo atado por las puntas. Alguien me dice que es la pelota de tennis de mejor calidad que existe hoy en día.
Yo pienso que el tennis perdió su magia.

El Conde de Olivares

duque_olivares

Cumpleaños de Monique y/o Cumpleaños de fifi. Viene alguien y me pide si puedo ir a avisarle a Jorge que ya están las ensaladas.
-¿Quién es Jorge?
-El parrillero.
-¿La parrilla está donde está siempre?,
-Si allá ( y marca otro lado).

Andrea y Javier, unos profesores mios, están ahí, y también les encomendaron avisarle al parrillero. La casa es la misma que conozco pero está ubicada en un campo. Encaro hacia el parillero y me acuesto en el camino. Pienso que pensarán si me vieran tirada; se murió, se puso a dormir la siesta. Sé que si miro para atrás voy a formar parte de una performance. Me paro de un salto y empiezo a moverme, saltando. El piso produce el efecto de una colchoneta saltarina y es divertido saltar. En eso viene mi tío (?) a caballo con una espada (es el Conde de Olivares de Velázquez) gritando que soy la deshonra de la familia y que espera no verme nunca más. Me encara directo, con un esbirro a su lado en un caballo negro.
Sigue gritando. No entiendo como surgió este odio tan de repente. Me meto en la arboleda, corro para que no me alcance, me golpea con su espada en la espalda pero safo. Corro, y en mi misma dirección viene otro caballo que casi me pisa, pero vuelvo a safar. Veo una casa y pienso: “En esa casa es obvio que vive el viejo sabio, que es el hermano del padre de mi tío malo, y me va a proteger”. Paso cerca para que me vea asustada y me cuide.

Estamos en un lugar raro. Hay vitrinas como de museo de Ciencias Naturales. Pero no es un museo, es más bien un anticuario. Veo que una de las vitrinas esta marcada con huellas. Es increíble. En toda la vitrina aparecen marcadas partes del cuerpo como en mis instalaciones. No puedo creer la semejanza porque las vitrinas parecen ser naturales, como si un proceso de fosilización las hubiesegenerado y no la mano humana. La miro con detalle. Me vuelve loca que el resto de la gente no lo aprecie. Quiero tener yeso, mucho yeso. Entonces me acuerdo que tengo la maquina de fotos de carmen. La busco. Cuando vuelvo, la vitrina tiene una tela encima protegiéndola. La gente, ahora que ve que necesita protección, se la toma en serio. La corro un poco. Le quiero sacar fotos. Hay mas gente sacándole, pero sé que no vana percibir el detalle de las marcas de la piel. Saco fotos, salen oscuras. El flash no quiere salir. La maquina se empieza a rebobinar.
-EHH? Hace cuando no escuchaba ese ruido.- Estaba puesta en
analogica, yo quería digital, y encima le acabe el rollo a la gorda. Tengo un dilema sobre el soporte de las fotos. Le digo a carmen que le acabe el rollo. No le molesta.

Estamos en el estacionamiento de la Virazón. Veo que se queda un auto como si se apagó al estacionar. Me acerco a empujar. De repente el auto es un auto de carrera hecho a escala en barro, tamaño bicicleta.
Pero lo empujamos como si nada, como si esa fuera la forma que los autos adquieren al ser estacionados.

Hay muchas pendejas en el cuarto de los viejos, como un pijama party. Nosotras estamos en el piso de abajo, hay un balcón grande, afuera hay una ducha. Estamos sucias, como embarradas. Tati tiene una toalla y entra al baño que esta en balcón.
-No no puedo bañarme acá.
-Porque no?
-Por que me vana mirar las pendejas desde arriba (el baño no tiene techo. )
-Ni que fueran pendejos pajeros de 14 anos tati.
Todas insistimos. Yo quiero entrar a bañarme y estoy lista para hacerlo, pero no se que va a decidir tati.

Gran Hermano

Kac

Es un gran hermano. Pero el gran hermanó se saturó y levantó el programa. Y nos dejo encerraros en la casa. Somos un grupo dispar. Queremos escaparnos, pero el móvil no parece ser la libertad. Es algo más. Es como si el lugar estuviera por desaparecer.

En un cuarto vidriado hay una liebre. Esta ahí para controlar el nivel de radiación en el lugar. Si bifea, sabemos que estamos llegando al fin.

La liebre quiere escapar. (como si percibiera la situación que estamos viviendo y quisiera también escapar) Abro un poco su puerta, como queriendo dejarla pasar pero la puerta no se abre del todo y no puede pasar. Entonces pienso: que bueno, así no nos contagia la radiación. Demagogia pura. Le abrí la puerta, no es mi culpa que este trabada. Pero esto sucede a manera de deja vu al abrirle la puerta, que ahora si se abre ampliamente dejando escapar la liebre radioactiva (hacia adentro de la casa). Pienso: No deben haber tenido en cuenta el cuarto de la radiación como salida. Quizás por allí podamos salir tranquilamente. Iniciamos una procesión por adentro de la casa (que se asemeja a un mundo futurista) con toda la gente que esta aquí. Uno me llama la atención. Esta bueno che, me digo. Con lo inestables que estamos acá adentro, si me acerco por hay pasa algo. Me pienso estirando las manos y el cuello delante de él. (Es acaso un vampiro?). Vuelvo y lo miro nuevamente. No es momento para planear estrategias de levante.

Pedimos mucho delivery. Pero uno no pide los platos para todos; no hay organización de grupo con respecto a la comida como sucede en situaciones extremas según nos enseñaron la literatura y el cine. Cada uno se pide lo propio en cantidades industriales, sin concientizaron de ello parece la única posibilidad de pedir comida. Pedirla implicaría una conexión con el exterior, un pasaje de la comida de afuera hacia adentro, pero esto no nos es evidente, o ni siquiera necesario. El delivery es simplemente la aparición de comida. No levantamos un teléfono y decimos la dirección y el pedido. Simplemente la comida está.  Pedimos mucha pasta. Pienso ¿Por qué pedimos el almuerzo de dentro de dos días? Esta pifi, me pide que le pida unos noquis para mañana. Los tengo el la mano, los pongo en la heladera de casa y me voy. Vuelvo al rato: se que en la heladera de casa no van a sobrevivir (estoy en casa y el viejo va a pasar a comérselos? No estaba encerrada? Estoy encerrado con ellos en un lugar que contiene a mi casa? ) Entonces agarro un marcador negro y escribo en todo el contenedor de telgopor “no comer”, en todos los sentidos que se me ocurren como para que nadie pueda hacerse el boludo y comérselos.

Sigue la procesión. Llega alguien nuevo. (de donde vino? Siempre estuvo?) Le cuento lo que sucede. “El gran hermano se hartó y nos dejo encerrados. Esa es la liebre de la radiación.” Cuando la dejo salir (dejavu de por medio) me siento culpable. Siento que me voy a arrepentir, que dejar pasar una liebre radioactiva hacia donde estamos (en un lugar cerrado como este no seria en realidad un peligro, se podria cazar fácilmente) es peligroso, porque este adentro es inevitablemente el afuera.