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El título de Superman

Es jueza ahora, pero antes fue Superman. Cedió el título, vaya a saber uno por qué. Pero lo llama cuando lo necesita. Ahora por ejemplo, tiene que proteger un testigo clave en un juicio y recurre a él. Ella lo recibe vistiendo su viejo uniforme de superman que ya no le calza igual;  perió porte y ahora le queda suelto. Cuando lo recibe juegan unos minutos como un duelo entre supermans, un “alumno supera al maestro” o algo asi. Y Superman actual la mira con respeto y admiración, sabe que es grosa.

El sacrificio de ser Superman

Discutimos la vida de Superman.

Jose dice que el turro lo tiene todo.

Yo digo que sacrificó su vida normal  para salvar al mundo: no más amigos, novias o programas intranscendentes.

Jose dice que no. Que no necesariamente. Puede hacer todo eso y no decirle a nadie.

Yo le digo que no es una cuestión de sacrificio dogmático. No lo hace porque se lo prometio a alguien. Su falta de vida normal es consecuencia de ocupar su tiempo en salvar al mundo: siempre hay una prioridad mayor y no hay amigos, novia o programa intrascendente que pueda competir.

Atentado al papá de Clark Kent

Veo a alguien cambiando el paragolpes plástico del auto por uno de acero inoxidable. En un principio no entiendo la razón. Despues me ilumino: quiere atropellar a alguien y matarlo. Quiere matar al papá de Clark Kent.

El papá de Clark Kent está en el borde de un acantilado haciendo lobby: charla con una sonrisa artificial y seduce a sus compañeros de charla. (Pienso en la gente que tiene dos saludos: uno básico que sale por inercia y un segundo saludo al reconocerte.) Este acantilado se levanta sobre un mal azulísimo en el cual nos encontramos los espectadores de esta escena.  El auto arranca, lo empuja y lo hace caer. El papá de Clark Kent desciende al agua, pero logra pararse sobre el borde del mar  donde hay una plataforma y sigue caminando como se nada hubiera sucedido. No percibe la intencionalidad del choque: el auto debió haber sido invisible. El casi asesino se muere de la bronca, grita y llora como un nino de dos anos. Pero no vuelve a intentarlo.

Decido ir a nadar. Paso por encima de una línea de una caña de pescar. La pescadora me grita que le avise a los demás pescadores que estoy pasando. Llego a un lugar lleno de tanzas: las paso por arriba, por abajo, a veces me engancho, a veces me deslizo. Me siento artravezando una bóveda de lasers en un robo.